BUENOS AIRES EN BICICLETA

Un ciclista no es un automovilista ni un peatón: es un ciclista. Esta frase que por su simpleza puede sonar a ridícula, posee una connotación  más profunda observándola desde otra perspectiva. Es que la particularidad de andar por la ciudad en bicicleta contempla ciertas ventajas: un ciclista tiene la capacidad de transformarse en una y otra cosa, en la medida que las circunstancias y sus posibilidades lo requieran. Por ejemplo: si quiere andar por la vereda es muy difícil que alguien se lo impida. Abandonará su modo-conductor y mutará, de acuerdo a sus necesidades, en un “peatón”, aunque, desde luego, no caminará a paso firme sino que seguirá arriba de su rodado.

Cierto es que en la teoría, una reglamentación prohibiría que lo haga. Pero, en la práctica, más allá de la protesta de algún vecino contrariado, ¿quién será capaz de objetar el paso de un ciclista por la acera? La persona que circula en bici tiene impunidad para esta y más cosas. Sin riesgo de ser multado, puede cruzar un semáforo en rojo e ignorar otras señales de tránsito, como ser andar a contramano, por mencionar a la que acaso sea la contravención más grave. Esto, considerando aquellas ventajas “ilegales”, pues la finalidad de estas líneas es hacer hincapié en estas, separándolas de los puntos a favor menos polémicos, y los verdaderamente destacables, como la  preservación de la salud y el ahorro del dinero del combustible o de los viajes en trasporte público.

La conjunción de las ventajas lícitas y las ilícitas, conforman un atractivo combo para aquellos que eligen la bicicleta como medio de transporte urbano. Y así lo pensé yo también durante muchos años. Hasta que un día…

No recuerdo específicamente cuál… Sólo sé que fue uno de los tantos momentos en los cuales transitaba en bicicleta por las calles de la ciudad. La idea ya venía dando vueltas en mi cabeza desde hacía unos meses. ¿Para qué negarlo? Si yo también me había aprovechado de esa impunidad. Había disfrutado del dulce sabor de vulnerar los reglamentos. ¿Acaso estaba escrito en algún lado eso de que no se podía cruzar un semáforo en rojo ni tampoco pasear por la vereda? No lo sabía ni jamás tuve la menor intención de averiguarlo. En cambio, amparándome en un presunto vacío legal que a los ciclistas nos habilitaba a no respetar ninguna señal de tránsito, no resultó difícil caer en la tentación de hacer lo que hacía la enorme mayoría (no podría asegurar que todos): andar por la calle como se me daba la gana.

Pero un día dije  “basta, hasta acá llegué, no lo hago más”. ¿Cómo se dieron los acontecimientos a partir de aquella decisión trascendental? Bueno, esa ya es otra historia…

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