AVANCES TECNOLÓGICOS Y UN OFICIO QUE LO SUFRE

Andrés recorría las calles de Buenos Aires al volante de un taxi. Gran parte de su vida trabajó en ese oficio, el de taximetrero, o tachero, de acuerdo al vocabulario popular. En la década del Ochenta manejó un auto de su propiedad. Luego cambió de rubro hasta que los años iniciales del nuevo milenio, le devolvieron su antiguo quehacer laboral, con la diferencia de que en esta nueva etapa, dejó de tener movilidad propia y empezó a trabajar como peón. Consecuencia de un trato amistoso con el dueño del coche –a quien conocía desde hacía muchos años- , la relación estaba a salvo de la tirantez que a veces suele surgir en el frecuente “patrón-empleado”. Sin embargo, existían otro tipo de dolores de cabeza, como los inconvenientes de mecánica que padecía el vehículo. Este llevaba ya varios años bajo el cielo porteño y solía estar en el taller más tiempo de lo que Andrés esperaba. De todos modos, él trabajo le servía y el dinero que le ingresaba, le ayudaba a engrosar lo percibido en conceptos jubilatorios, porque luego de haber aportado durante buena parte de su vida, acababa de acogerse a los beneficios previsionales.

Pero de a poco, para los trabajadores del rubro, comenzó a materializase otra dificultad, totalmente impensada unos años atrás. La competencia, de pronto, dejó de estar enfocada en el remis y pasó a tener la forma de un contrincante mucho más fuerte. De la mano de la tecnología asociada al mundo de Internet, apareció el poder de los “ubers”… Y los tacheros, viendo como corría peligro su fuente laboral, intentaron revelarse contra el sistema llevando a cabo un plan de lucha que, lamentablemente, a veces se salió de los límites pacíficos. Andrés nunca participó de marchas  ni se vio envuelto en disturbios, pero era consciente de que su clientela disminuía a un ritmo preocupante. “No les pueden prohibir que trabajen, pero al menos que pague impuestos”, repetía.

Y un día llegó la pandemia… Pese a que al taxi lo catalogaron de “esencial” Andrés prefirió quedarse en casa. Por su edad, estaba considerado “de riesgo”. Se sucedieron los días, las semanas, los meses… Pero nunca más se puso al volante de un coche amarillo y negro. Al igual que Andrés, probablemente sean muchos los que tomaron una decisión similar, y sepultaron al chofer para probar la puntería en proyectos, en teoría, más rentables. Entretanto, ya no se escucha que haya incidentes entre tacheros y conductores de autos de alquiler. La cantidad de taxis en la Ciudad de Buenos Aires, evidentemente, no es la de antes. Este es otro de los oficios, que quedó tambaleando frente al notable crecimiento de la tecnología.

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