ALGO PERSONAL

De vez en cuando, viene bien escribir “algo personal”.

Me fijé en la fecha de la nota anterior y decía 10 de enero. Tres meses exactos pasaron, entonces, desde aquella vez que escribí ese texto que llevaba este mismo título: Algo personal. 

En ese momento estabas internado. Así habías pasado Navidad y Año Nuevo, y así estarías por unas cuantas semanas más. Los pronósticos eran alentadores, pero debías seguir esperando. Ya querías irte de la clínica, pero los médicos aconsejaban que salir tan pronto podía ser perjudicial. Eso era lo que nos explicaban a través del teléfono y de los mensajes de whatsapp, tu amigo Marcos y tu hijo Matías, dos pingazos a la hora de mantenernos al tanto de las novedades. Alguna vez también hablamos con vos. Costaba bastante comunicarse, por el horario acotado en el que se permitían los llamados, y porque había una única línea habilitada. Y claro, daba ocupado… Pero todos los que logramos saludarte, te escuchamos bien, contento y con ganas de dejar atrás la internación.

Hasta que llegó el momento. En nuestro grupo, creo que nadie supo cuál fue el día exacto en el que volviste. Fue una linda sorpresa buscar novedades y  enterarnos de que que ya te habían dado el alta. Recuerdo que en la primera o la segunda semana todavía no usabas el celular. Matías y Marcos nos informaban: está en casa aunque no debe abandonar el tratamiento ambulatorio, e ir diariamente al Hospital Italiano.

Fue por principios de marzo, cuando nos diste el gran alegrón. Como si nunca te hubieras ido, repentinamente te animaste a opinar en el whatsapp de alguno de esos temas superfluos, intrascendentes, que solemos tocar. Generaste un cimbronazo con tu intervención. La reacción de los «pibes» fue instantánea. Los saludos llegaron a enseguida. Y ahí metiste segunda: «Ya estoy para el asado en Carapa o donde les plazca».

Era cierto, debías aquella comida de diciembre en tu quincho, esa que se frustró por las «vacaciones» que vos solito tuviste el coraje de ir a tomarte. Y lo bien que hiciste… Por eso, cuando finalmente el domingo pasado nos juntamos, el asado tuvo un sabor especial. A la reunión, fueron algunos que todavía no conocían ese sitio tan querido de Carapachay. Es que se trataba del reencuentro con el viejo Guille, y era muy difícil no querer estar presentes.  Lástima que no todos pudieron venir, pero no importa. Probablemente, la próxima seamos más numerosos todavía.

El impacto del primer saludo fue distinto al de ocasiones anteriores. Pero ni bien transcurrieron unos segundos, ya todo era como antes. Al menos, es lo que sentí yo… Y ahí estábamos, como siempre, charlando de fútbol, recordando anécdotas, riéndonos, mientras degustábamos la carne y las ensaladas que habías preparado desde temprano. De vez en cuando, sonaba una estentórea carcajada. Era la tuya, claro… Era esa risa que tanto se extrañaba, y que a Dios gracias, volvió a escucharse con la fuerza de siempre.

Pablo

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